15 ago. 2014

VIAJE A JAPÓN II

            Una vez en la estación de Ueno, bajo una lluvia fina, y viendo correr a la gente de aquí para allá, los cinco nos mirábamos como si hubiéramos llegado a la luna. Sin mapas, ni GPS. Decidimos andar, siguiendo a mí cuñado y su intuición, después de memorizar una pantalla informativa del metro, aunque la verdad no teníamos ni idea de si nos llevaría a nuestro destino.
                                     
            El camino se nos hizo eterno, no llegábamos a tiempo, no sabíamos si habría alguien esperando y de vez en cuando nos parábamos en las pantallas informativas, para ver si nos acercábamos a nuestro destino, en una de ellas, se nos acercó un chico, que nos había oído hablar, nos pregunto de donde éramos e incluso intento decir alguna que otra palabra en español. Por lo visto había estado en nuestro país, y a pesar de ello, le habíamos caído simpáticos. Nos acompaño un rato, luego se detuvo y nosotros seguimos nuestro camino, al cabo de un minuto nos alcanzaba, para guiarnos con un mapa a través de su tablet, al lugar de destino, le dimos mil millones de gracias y fue justo en eses momento, cuando pensé, “No sé si me gustará Japón, lo que sí se, es que su gente merece la pena”.

            Llegamos al Khaosan World Asakusa RYOKAN y a pesar de estar cerrado, nos atendieron con una sonrisa.
                                  

            Con las habitaciones asignadas, esperamos a los tres que faltaban, que no tardaron en llegar. Besos, abrazos y mucha alegría de estar las dos familias reunidas al completo. Así que había que celebrarlo y que mejor manera que con nuestra primera cena japonesa, mi sobrino Javi y yo fuimos al primer puesto que encontramos y compramos todo lo que pillamos, luego al súper, allí no cierran en toda la noche, y compramos bebidas. En esa cena me di cuenta, de lo mucho que iba a comer, no sólo por que me encanta la comida japonesa, si no por que a mis acompañantes no les gustaba nada.

            Dormir sobre el shikibuton (futón) fue agradable, después de 24 horas de avión, no dejaba de ser una cama, donde poder estirarte y descansar.
                                     
            Con la luz del día nos dispusimos a recorrer la ciudad de Tokio, comenzando por Asakusa barrio modesto pero céntrico, donde nos encontrábamos. Con los ojos muy abiertos, como si se nos fuera a escapar algo, no había lugar curioso por el que pasáramos al que no quisiéramos inmortalizar fotografiándolo, como si nos diera miedo que pasado ese instante, todas las sensaciones que nos recorrían fueran a desaparecer, el tiempo pasa tan rápido, y lo bueno parece que dura tan poco, que una instantánea es suficiente para que el recuerdo no muera, o cuando menos para aferrarte a él.
                      


Las Tiendas de Nakamise, el Templo sensoji. Donde mi cuñada, me explicaba todos los rituales a seguir e imitábamos a todos los que se acercaban, como no podía ser de otra manera, con el mayor de los respetos. Calles y calles llenas de gente haciendo su vida cotidiana, cualquiera diría que podrían estar tan estresados como nosotros, pero lo curioso es que los coches, no tocaban sus claxon, aunque estuvieran cruzando mirando al lado contrario, por que ellos van por la izquierda y una tarda en acostumbrarse, la verdad es que no pitaban, ni aunque te saltaras un semáforo y la gente se paraba silenciosa, hasta que los dejabas pasar, ya fueran andando o en bici, nadie se choca con nadie, nadie reprocha nada a nadie y nosotros nos mirábamos incrédulos, ante tanto respeto y tolerancia.



Si dijera que en mis primeros días fue donde me enamore de Japón, mentiría, Japón me fue ganando muy poco a poco, y no se el momento exacto o el lugar concreto donde me encontraba, sólo sé que me atrapó.

LAS FOTOS NO PERTENECEN AL VIAJE, YA QUE EN ELLAS FIGURAN MIEMBROS DE MI FAMILIA QUE DESEAN MANTENERSE AL MARGEN.

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