30 oct. 2014

KYOTO


                                       
El tiempo mejoraba y los días se volvían calurosos, y decidimos volver a el“Fushimi inari-Taisha”,  Pasado el santuario dedicado al Dios Inari (Dios del arroz) comienza una especie de pasadizo a base de Toriis naranjas con escritos, que se extiende por una montaña escarpada y sinuosa de unos 4 kilómetros, disfrutar de un monumento en plena vegetación entre árboles centenarios y pequeños recovecos, llenos de ofrendas y pequeñas estatuas de zorros, mensajero del Dios Inari era una autentica delicia. Es increíble como los Toriis donados por la gente que emprender un negocio y quiere conseguir la tan ansiada prosperidad, se ha convertido en un monumento tan original y lleno de energía, casi mágico.
Otra aventura digna de mencionar, fueron nuestros intentos, 3 para ser exactos de visitar el palacio imperial.
                                   
La primera vez llegamos, pasadas la cinco, era domingo y nos dijeron que no estaba cerrado los domingos. Al día siguiente, nos dijeron que se cerraban a las cinco y al tercer día, que había que inscribirse a primera hora en información, aportando todos nuestros pasaportes y haciendo una declaración jurada. Vamos, más requisitos que para pasar la aduana. Una hora más tarde nos convocaban a las puertas de tan curioso lugar y comenzaba nuestro periplo por el castillo. Jardines impresionantes, estancias sencillas y vacías, únicamente decoradas con pinturas de lo más variopinto, que indicaban a que tipo de personas estaban destinadas las estancias.

Realmente, no es el monumento que más huella dejó en mi, es más el echo de ver las cosas desde las barrera, pierde encanto, muestran un poquito, y uno se quede con ganas de más, con la sensación de que te estas perdiendo cosas, y no terminas de hacerte a la idea de cómo sería la vida en tan curioso e importante lugar, aunque entiendes que la humildad en los materiales utilizados y su fragilidad, lo hacen necesario.


             Hay lugares que aunque majestuosos, no te dicen mucho y otros como Pontocho que con una sencillez inaudita (exceptuando sus restaurantes prohibitivos) no sólo no te dejan indiferente, si no que además, te sorprenden, te atraen y terminas atrapada en una callejuela estrecha y llena de gente, con aspecto de antaño, donde las Geishas se pasean en dirección a su lugar de trabajo y donde la sensación de haber retrocedido en el tiempo es tal, que uno se olvida de todo y se imagina formando parte de esta sociedad tan introvertida y curiosa, que alardea de sus costumbres sintiéndose un pueblo único y especial.
                  
                          
           
            Al otro lado de Pontocho, el río, donde las terrazas de los restaurantes se muestran abiertas, para que sus clientes disfruten de una cena en plena ribera, cientos de velas y farolillos iluminan las terrazas, haciendo que la postal sea perfecta, tanto o más que una Geisha.
                                         
            Cruzamos el puente y llegamos al barrio de Gion. Allí se supone que viven las Geishas,
aunque también cuentan las malas lenguas, que no todas las Geishas que se ven son autenticas. Es como que de vez en cuando sale una japonesa disfrazada, no lo tengo confirmado, así que yo prefiero el cuento, el de ver un personaje del pasado, en las calles de Gion paseando al lado del canal de Shirakawa, con su pequeño balanceo al compás de sus pasitos, sobre sus zori.


            Las noches en este canal son de ensueño y pasear a lo largo del río un momento que es difícil olvidar.
              
                        Los días van pasando y los templos y jardines que hemos visitado, permanecerán en nuestros recuerdos por siempre, el final de nuestra estancia se acerca y mucho nos queda por descubrir. Aprovechar la mañana para ir hasta el río Hozu y pasear por el puente Togetsukyo, haciendo fotos maravillosas, que nos mostraran a lo largo de nuestra vida, un lugar increíble, otro más de tantos.

            Visita este lugar y no acercarse al templo más conocido de la zona, no sería normal, el templo Tenyu-ji, patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, es un lugar encantador, rodeado de esos maravillosos jardines y que a su salida te lleva directamente al bosquecillo de bambú, donde recorrer el sendero, es toda una experiencia.
            Ese día como otros, terminamos comiendo en uno de esos pequeños restaurantes familiares, que realmente son hogares, donde dedican algo de tiempo a alimentar a los curiosos turistas, con manjares deliciosos y caseros. Regentado por la familia, mientras la hija sirve las cuatro mesas, la madre y abuela preparan la comida, sin esconderse, en una cocina abierta y sencilla, dejándonos participar de su día a día.
La ultima noche, caminos hacía la estación central, donde somos recibidos, por una fuente de colores, que lleva el ritmo de la música, embobados, contemplamos el pequeño concierto de luces y sonido, perfectamente conjuntados y nos preguntamos si esto será todo o habrá algo más. ¡Incrédulos! esto es Japón y todo puede pasar. Una vez dentro de la estación, unas escaleras enormes, nos invitan a subir, iluminadas con dibujos y palabras de bienvenida, en la oscuridad de la noche resaltan cual estrellas fugaces, sobre una alfombra, en algún lugar del cielo, y es allí donde nos dirigimos, para llegar a un mirador, con un pequeño jardín, lugar de paz y calma, donde parejillas acarameladas, se besan fugazmente y donde el resto de los mortales se deleitan con las maravillosas vistas de la ciudad a uno y otro lado de la estación.
            En la parte central, el ir y venir de gente, de un lado otro, sin detenerse a contemplar el espectáculo de luz que inunda la gran sala, al lado contrario, unas escaleras mecánicas te llevan a otro mirador, más romántico y cursi, con un pequeña pérgola iluminada con cientos de bombillas.

            En fin un despliegue de luz y color, que hacen de esta majestuosa estación un lugar diferente, donde el turista que llegue de noche, quedará hipnotizado y tan atónito como nosotros.
                                        
            La estancia en Kyoto llega a su fin, y me preparo para dejar atrás los Templos, palacios, bosques, santuarios, tiendas y restaurantes, que durante estos ocho días hemos visitado, dejándome un trocito de corazón, en todos y cada uno de los lugares, que hemos visitado con tanta ilusión, con la esperanza de que algún día podamos volver, por que hay muchos lugares que nos quedan por ver y muchas experiencias que nos quedan por vivir.

16 oct. 2014

DE KYOTO A OSAKA

                                                      
Pasear por las calles de Kyoto, mientras la fina lluvia cae como anuncio de que un tifón está cerca y va anunciando de forma tranquila, pero constante que hay que aprovechar el tiempo al máximo.
     








   Aquella misma mañana, habíamos intentado caminar por un monumento, curioso y extenso, el “Fushimi inari-Taisha”, pero a la mitad del camino nos rendimos, la piedra del suelo se convertía en una pista de patinaje bajo nuestros pies y decidimos pasar la tarde paseando por la ciudad.

          

      






  Kyoto es un lugar donde el pasado, el presente y el futuro, van unidos de la mano sin desentonar, entre edificios impecables donde restaurantes, comercios y hoteles, mostraban la cara más moderna y eficiente, podías encontrar pequeños barrios donde a los lados de la calle, las casitas unifamiliares tradicionales se extendían mostrando su forma de vida.
                                       
            Mientras en los semáforos de la calle shijo Dori respetábamos las colas, que se formaban en perfecto orden, me daba la sensación que la gente de Kyoto, era más reservada y silenciosa, menos cosmopolita, que la de Tokio, pero tremendamente educada.

            Había que ver esa nube a ras del suelo de paraguas blancos en movimiento, sin choques, ni contratiempos, como si estuvieran programados.
                                       
Al llegar a las galerías de shingyogoku Dori y Teramachi Dori, los paraguas se cerraban y dábamos paso a nuestra curiosidad, entre cientos de tiendas, que se extendían a lo largo de unas galerías, donde cualquier turista haría sus delicias, entre lo nuevo y lo viejo, entre el presente y el pasado, el merchandising y el culto al te.
           
 Callejeando entre ellas vimos como de una de las galerías salía el “Nishiki market”, en el esta representado mejor que en ningún otro lugar, toda la gastronomía de la que se proveen, tanto restaurantes como habitantes. Productos de lo más variado, entre pequeños restaurantes donde poder gustar tanta delicia. No voy a negar, que la cocina japonesa me encanta y que todo lo que he probado a lo largo de este extenso viaje, me ha fascinado, ya fueran productos nuevos, para mí o los clásicos, que podemos encontrar en cualquier restaurante japonés de España.

Aprovechamos para cenar en un pequeño restaurante, con puertas correderas de madera y sentados en la barra mientras los cocineros hacían su trabajo, degustamos una comida exquisita y variada, entre platos nuevos y exóticos como la raíz de loto, nos dejamos seducir y sorprender, en una noche especial, agradablemente familiar, las risas y la curiosidad, se unían a la agradable sensación de pertenecer a una familia, de que tus seres queridos estén cerca de ti, compartiendo anécdotas y buenos momentos, momentos de unión de camaradería, de felicidad, que nos acompañaran siempre, la mejor forma de desfrutar la vida, por un momento formamos parte de sus vidas y nos enriquecimos, con una experiencia, que jamás olvidaremos.


El tifón perdió fuerza y no llego hasta nosotros, con el respiro de un nuevo día, viajamos hasta Osaka, ciudad abierta y cosmopolita. Ubicada en la isla principal de Honshu, en a desembocadura del río Yodo.
                                                          
Como sólo disponíamos de horas, nos centramos en Domtobori la parte más bulliciosa, repleta de teatros, restaurantes, comercios y la arteria principal de la vida nocturna de Osaka. El río que cruza tan curioso lugar, esta hecho de forma artificial, para evitar inundaciones, aunque esta bastante contaminado y su profundidad es escasa, no falta las anécdotas en las celebraciones deportivas, en las que en una ocasión se tiraron un montón de seguidores y terminaron en urgencia                         
Una comida a base de sushi y otras delicias varias, algunas innombrables y de nuevo a cotillear, el tiempo pasa más deprisa cuando se disfruta, al final de la tarde nos dirigimos hasta una noria gigante, para poder hacer panorámicas de la ciudad, estaba situada al lado de uno de los acuarios más grandes del mundo, que no pudimos disfrutar, por falta de tiempo. Otros lugares no los pudimos disfrutar como el castillo de Osaka, por estar cerrado. En fin que voy a tener que volver, no me queda otro remedio.
              

Salir de la isla fue otra anécdota del viaje, entre autopistas de varias plantas de altura e islas, comunicadas por puentes majestuosos, salir del laberinto fue algo costoso, aunque no por ello imposible.


                       







FINAL APOTEÓSICO

Tal y como está el país, a mí me daba hasta cosa, seguir contando mis desventuras, pero como la situación se alarga y sincerame...