9 sept. 2019

FEZ Y LAS HISTORIAS DE SAMIR




A primera hora, ya tenía en la puerta de mi casita móvil a Marisa dándome los buenos días y ofreciéndome una aguja enhebrada con hilo negro, un dedal y una preciosa sonrisa. Le había faltado tiempo en buscar todo lo necesario, para que pudiera arreglar mi sandalia, así de maravillosos eran mis compañeros de viaje.

Por otro lado, manda narices que una modistilla como yo, viaje sin complementos, ni un alfiler llevaba, pero ya sabemos que este viaje lo organizó el destino y yo por más que lo intento, no soy capaz de seguirle el ritmo.




Eran las nueve de la mañana, cuando el grupo ya estaba reunido y dispuesto a dar un agradable paseo por el barrio judío. Samir volvía a la carga con sus historias y conocimientos. Este hombre era un filón, cuando no, nos contaba batallitas, nos deleitaba con alguna interpretación musical, mientras nos enseñaba los rincones de aquel emblemático barrio.

Samir nos contaba entre paliza y paliza (para mí, que la criaturita había sufrido bullying, porque no había rincón en el que no recordara una buena tunda) el significado de los símbolos que aparecían en las entradas de las casas y que dicen mucho de los habitantes que en ellas residen.

  

Las casas no suelen tener horno y de vez en cuando nos cruzábamos con gente, que lleva una gran bandeja tapada con un paño. Bajo este, el pan que cada día se hace en las casas y se lleva al horno del panadero comunitario, para que se lo hornee. Para ellos es la base principal de su alimentación, ya que lo usan a modo de cubierto.


Del barrio judío, pasamos al otro lado del rio, donde se curte la piel a base de lavarla y tratarla con defecaciones de paloma, la cual al parecer tiene un amoniaco tan fuerte, que hace que la piel sea lo suficientemente maleable para poderla teñir y coser. Me pareció un trabajo inhumano, la pestilencia era insoportable y las condiciones de salubridad inexistentes. Metidos en los mismos líquidos donde curten las pieles, dime tú como quedara la de aquellos infelices que se pasan horas en remojo, sin más protección que un gorro, para cubrirse del achicharrante sol que no da tregua. Desde lo alto de la tienda de cuero, donde nos encontrábamos, el hedor de las heces de paloma y las pieles, era algo indescriptible y difícil de soportar. Apenas pudimos aguantar más de un par de minutos, para hacer la famosa foto, que sale en todos los reportajes de Fez y que ahora miro con otros ojos.


De las pieles, pasamos a las alfombras, no sin antes, descubrir algún que otro lugar de rezo y donde nuestro enigmático Samir, nos deleitó con los distintos tonos de cantos, para la llamada al rezo. El mismo se emocionaba con su arte y no paraba de mostrar, como se le ponía el bello de punta. No habíamos recorrido tres metros y ya había encontrado, otro lugar, donde le habían zurrado. Ya habíamos perdido la cuenta, hubiera terminado antes, si nos hubiera enseñado los lugares donde no le habían atizado..

 

Llegamos a la tienda de pañuelos y chilabas donde nos enseñaron como se manejan el telar. Samir, se movía por la medina como pez en el agua. Lo suyo le costó, de niño le soltaban en la medina, una costumbre muy arraigada, para que aprendan a manejarse en ella cuanto antes y ser capaces de encontrar su casa o las distintas salidas de la misma sin perderse. Al parecer Samir no era de los más aventajados. Con tanto golpe, lo raro es que el pobre, se acordara ni de su nombre. Conclusión, no se libraba de un buen tirón de orejas, hasta que lo sacaban de allí. Por mucho menos, Cayetano Martinez de Irujo, se nos ha traumatizado y no para de hacerle visitas al psiqui.



 Nos mostró, los antiguos dormitorios de los estudiantes, sus pequeñas habitaciones, contrastaba con el gran patio central. El tamaño de sus gruesos muros, era más que evidente en las ventanas que daban al exterior.

 

Callejear toda la mañana siguiendo a Samir por el bazar, nos despertó el hambre y pusimos rumbo al restaurante, a través del laberinto de callejuelas, hasta que llegamos a un pasillo oscuro, del cual no se intuía la salida. En cualquier lugar del mundo, lo único que se puede esperar de un lugar así, es un atraco. Pero esto es Fez, ya te atracan bastante con el regateo y las indicaciones. Así que, en vez de algo lúgubre, nos encontramos en un restaurante increíblemente decorado, lleno de luz y color, donde comimos el mejor Tajín de pollo al limón de todo el viaje.

La tarde no fue menos amena, en teoría iban a ser libres, pero David, nuestro “Jefesito” era capaz de encontrar actividades, hasta en el desierto y nunca mejor dicho, algún día descubriré, que demonios desayunaba para tener semejante energía.


  


Samir terminó de mostrarnos los rincones más memorables donde había recibido más de un sopapo. Es la primera persona que sufre bullying y lo recuerda con tanto cariño. Cualquier día se monta una ruta con su nombre. Visitamos a los artesanos, que en los tiempos que corren, son una especie en extinción, pero que a lo largo de nuestro viaje, nos hecho disfrutar y hacernos muchas preguntas…


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