La ducha, resultó una experiencia mística (cual santa me disponía a padecer), el agua salía helada. Mientras andaba a gritos con mi Lucero (todo muy relajante, como podéis ver),
para que arreglara el calentador y poder quitarme el jabón, sin perder ningún
miembro por congelación (que puedo ser algo exagerada, pero siempre aproximada)
-
¡Tesoro! ¿Cambiaste la alcachofa del gas, ¿verdad?
- ¡ Pues no!
-
¡Si, lo iba a hacer! pero al darle golpecitos,
salió el pivote y pensé que ya no hacía falta.
-
¡Golpecitos te daba yo! Pero en todo lo alto de
la crisma – Lo dije bajito, para que no me ollera, no fuera a dejarme congelar-
¿Y no le puedes dar unos golpecitos ahora, monino?
-
¡Estoy en ello! pero nada, la nevera enciende,
pero el calentador no y el pivote está bien.
-
Y calentar un poco de agua en el fuego,
-
Si es que, tampoco le llega gas a los fogones de la cocina.
-
¡Ni a ti las neuronas! -Sólo a un hombre se
les ocurre que unos golpes, arreglan una rotura.
Aunque los días eran calurosos,
las noches en plena naturaleza refrescaban de lo lindo, que por otra parte ya
era hora ¡O no! Todas las vacaciones sudando la gota gorda y
ahora que empieza a refrescar, me toca ducharme con agüita fresca. Habrá gente
a la que le guste, sino lo dudo, pero palabrita del niño Jesús, que no es mi
caso.
Mi hermana dice que es el karma,
que cuando deseas algo mucho, eso termina pasando, pero el día menos adecuado.
Sí es así, para mí que es una ciencia exacta, y si no. No me fastidies, alguien
se lo está pasando pipa a mí costa, por no decir una burrada, que me estoy
reformando, no vaya a ser que afecte al karma de las narices.
Una vez te acostumbras al agua
fresquita, ya sólo te queda esperar que la nevera, no decida seguir los pasos del
calentador y los fuegos de la cocina (muy solidarios los jodios). Aun así, de vez en cuando, la nevera
parpadeaba. Señal de que el gas no llegaba. Nos parábamos, desmontábamos la
alcachofa del gas, la limpiábamos, golpeámos (no se muy bien porqué) y en
marcha, así todo el dichoso viaje. Lo bueno, es que el vinillo seguía fresco, tanto
como el agua de la ducha, pero es que al vino blanco le va más que a mí.
Como intrépidos aventureros que somos, seguimos nuestro camino, no podía interrumpirse por pequeños inconvenientes. En nuestra ruta figuraba un castillo muy cuqui de nombre impronunciable " Haut-Koenigsbourg" . Como fornidos exploradores que somos (sólo hay que ver las fotos, entre los dos, hacemos uno) en busca de aventuras. Subimos la montaña, hasta que llegamos a la parte donde se hallaban las murallas del castillo, franqueado por una tienda de regalos y una pequeña terraza bar.
Es fácil imaginar cómo sería la vida
en un lugar como este, y la verdad es como para echar a correr, lo que tenían que
tardar en limpiar el polvo, no te cuento barrer el suelo y sin lavadora, ni
electrodomésticos, que palizones y que frío en invierno, en pleno bosque y todo
lo alto de la montaña, ahora entiendo por qué no se depilaban ni el bigote, cuanto
más pelito más calentito.

Bromas aparte, es un lugar muy
bonito, curioso y digno de ser visitado, ya que lo conservan en muy buen estado.





En fin, que el Karma os acompañe, porque lo que es a mí, me está dando un veranito.