1 feb. 2010

EL PLACER DE VIAJAR

Espero no herir sensibilidades por que lo que aquí se narra está basados en hechos reales. Ja, ja, ja….

Como ya os he contado mil veces, estoy locamente enamorada de un lucero, la mar de majo.

Un hombre tremendamente competitivo. A mi que sea tan competitivo siempre me ha venido genial, el mejor padre, el mejor amigo, el mejor amante, ¡hu! que me vierto.

Bueno al grano, cuando mi lucero compró el cosita móvil, (nombre que tuvo a bien ponerle, mi Irma del alma, que tiene un don innato, para ponerle nombre a todo lo que pilla y además la jodia lo hace con gracia) él lo trataba al coche, como a las niñas de sus ojos, bueno como casi todos los tíos, no nos vamos a engañar, pero pasados los años y mi cosita móvil tiene una colección, tantos que está a un tris de pasar de ser un coche viejo a ser todo un clásico, con eso os digo todo. Los cuidados han ido desapareciendo hasta un punto que roza el riesgo y es aquí donde comienza mi historia.

Hace un par de veranos, nos fuimos de vacaciones a Salou, a pasar unos días tranquilitos en un hotel, con nuestras bestias pardas (osease los niños). Pues bien el viaje de ida fue tranquilo, como no podía ser de otra manera. Mi lucero del alma, no es capaz de pisar el acelerador más allá de los 80 kilómetros por hora. Con todo y eso en una ocasión le han multado por exceso de velocidad, es lo que tiene andar desesperados por recaudar dinero, iba a 71 kilómetros por hora y marcaba 70 como para mondarse.

En fin que llegamos después de 9 horas de tranquilo viaje, excepto en las cuestas, en las que los camiones nos pitaban por que el cosita móvil no daba de sí y terminaba haciendo retenciones en el carril de vehículos lentos, aunque mi lucero apretaba el acelerador, que apuntito estuvo de atravesar el motor con el pedal, no consiguió más velocidad.

Las vacaciones esplendidas, playa, piscina y mucha comida, volvíamos como nuevos, relajados, morenitos y felices.

Pero la vuelta fue distinta, nada más salir de Salou comencé a sentir una pequeña vibración en el asiento.

Yo- amor, esto vibra.
Lucero- Pues yo no noto nada.
Yo- Has revisado las ruedas.
Lucero- Pues claro.
Yo- No habrán perdido aire.
Lucero- No será el equilibrado, que se ha pirao, cuando llegue, se lo tengo que hacer.

Según íbamos recorriendo kilómetros la vibración fue aumentando y cuando ya llevábamos unos doscientos kilómetros.

Yo- Mi vidita, que esto vibra mucho.
Lucero- cosita que no pasa nada, será que la rueda ha perdido aire, en la próxima gasolinera la inflo.
Paramos, inflo la rueda la reviso a conciencia, siempre según su versión, claro esta y volvemos a emprender la marcha. A eso de los 300 kilómetros de viaje, la vibración comenzó a ser muy, pero que muy fuerte, yo ya no sabía como colocarme, ni que postura era la mejor, por que sentía un gustirrinin en salvase la parte, y por más que estiraba los vaqueros, aquello iba en aumento y los sudores comenzaban a correr por mi frente, se me ha olvidado comentar, el aire acondicionado no funcionaba y mi ventanilla no se podía bajar, por que se había roto el motorcillo.

Yo- Mi niño, seguro que al coche no le pasa nada.
Lucero- Nena no seas pesada, cuando lleguemos a Madrid le voy ha hacer el equilibrado y el paralelo, que se le habrá pirao, tú tranquila que llegamos.
Yo- Si llegar yo ya estoy llegando.
Lucero- si nos faltas 250 kilómetros.
Yo- Pues creo que yo con 20 estoy más que lista, por que ya no puedo aguantar más.
Lucero- ¿No me jodas?
Yo- ¡es tú coche, el que me jode!
Lucero- hay que ver que facilona eres-Mientras me guiñaba un ojo.

No puedo negar lo que allí ocurrió y aunque los niños estaban dormidos, evite los gemidos y jadeos. Mi lucero ya no sabía como ponerse, he intentaba correr más, como para llegar antes y evitar mi desliz, pero la vida es así, una no es de piedra y al final deje de resistirme a los encantos del cosita móvil, y me deje llevar, no negaré que fue una experiencia única, que nunca me he atrevido a contar, a sido la única vez que le he sido infiel a mi lucero, él siempre comprensivo me perdono en seguidita, aunque me dijo, que ya podía haber puesto un poquito de resistencia.

Cuando faltaban 150 k. para entrar en Madrid, además de la vibración, que no cesó en ningún momento. Que yo llegue a pensar ¿por dios a que repito! Comenzó a oírse un cla, cla, cla, cla, a lo que yo le dije- para ahora mismo, que eso si que ya no es normal.

Nos bajamos del coche y el espectáculo fue increíble, ¿Cómo contra, mi lucero no había visto nada?
La rueda totalmente desecha, dejaba a la luz toda la maya metálica que la cubría, no quedaba ni un gramito de caucho en la pobre, la miraras por donde la miraras.

Le mire
-¿Qué no has visto nada?
-Pues no, esto ha debido ser ahora.
-¿Ahora! Si lo que no se es como no ha reventado, hace 200 kilometros
-Pssss.-Se encogió de hombros, y con su cara de niño bueno, me dijo -mira el lado positivo, a ti te ha encantado.
A partir de ese día además de rezar mucho cuando viajo (a pesar de que soy atea) reviso las ruedas, me gusto la experiencia, pero odio el riesgo.

4 comentarios:

  1. jajaj que bueno, como me he reido, un viaje inolvidable verdad ?

    Besos !

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  3. Jajajaja, qué bueno!!! Anda que tú también, ponerle los cuernos a tu Lucero delante de sus narices...

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  4. Que mala que eres, tu disfrutando como una perraca y el pobre coche en las últimas.... jajajajajaja buenisimo.
    Un beso.

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