9 oct 2019

VALLE DEL ZIZ





El atardecer, intensificaba los tonos rojizos de las montañas que habíamos visto kilómetros atrás y que en estos momentos comenzábamos a franquear, para adentrándonos en lo más profundo del valle del Ziz, a través de las angostas curvas de una carretera dibujada entre arcos cavados en la roca y salientes al borde del abismo, donde el paisaje era tan sorprendente, como peligroso, si se cruzaba algún vehículo de grandes dimensiones.



En lo profundo del cañón, entre montañas terracotas y acantilados imposibles, se encontraba el Camping que había elegido David para sorprendernos. Situado junto al rio, en un lugar privilegiado rodeado de naturaleza. Donde acampar se iba a convertir en un auténtico placer para disfrutar de noche encantadora en la mejor compañía.



Lo primero que hicimos, fue ponernos los bañadores e irnos directamente a la piscina de agua natural que, aunque fresca, resultaba tremendamente relajante. Las sensaciones que tuve en esos momentos, son imposibles de narrar, desde el primer momento en el que decidimos el viaje, todo había ido tan rápido, que apenas era consciente de lo privilegiada que era en esos momentos, me sentía tan afortunada y feliz que, ni siquiera salí del agua, para tomarme el té que nos sirvieron, acompañado de aceitunas y frutos secos.


La noche, se abría paso y las estrellas comenzaban a mostrarnos un cielo diferente, estaban más cercanas y brillantes que en cualquier otro lugar. En las ciudades el exceso de luz, impide ver más allá de las farolas. Pero aquí, el cielo mostraba su esencia y una que es soñadora, no podía por menos que dejarse llevar en aquella noche mágica que nos habían preparado. Probablemente, el resto, no opinaría lo mismo, después de la serenata que les di, pero son daños colaterales de una abrumadora felicidad, a la que una no me pude resistir, porque forma parte de la esencia. Nunca fui mujer de término medio, si soy feliz, toco el cielo y si me siento triste, me muero a chorros con un dramatismo digno del mejor Óscar de Hollywood.


Nos prepararon la cena en la terraza, con una deliciosa Jarira y un magnifico cuscús con pollo, todo ello regado con un extraordinario vino, obsequió de David. Al que nos autorizaron a beber, ya que no hay que olvidar que es un país musulmán y se supone está prohibido en lugares donde no disponen de la licencia oportuna.


Para culminar tan opíparo banquete, terminamos comiendo unos dulces que Sole y David, nos ofreció por su aniversario de boda. Celebrándolo como dos enamorados, que siguen teniendo ganas de compartir y disfrutar de todo lo que la vida les pueda ofrecer. El cava y sidra hicieron el resto, mientras corrían por la mesa llenando los vasos, que se vaciaban casi al mismo ritmo que marcaban los tambores propios del folklore autóctono amazigh.

   







Ante aquel cúmulo de acontecimientos y sensaciones, junto con el buen beber, me vine arriba dándolo todo en la pista de baile, junto a unas mujeres que nos observaban desde una pequeña distancia, con la curiosidad propia de una timidez que se muere por superar, para formar parte de la fiesta y que con la inestimable ayuda de Sole, que las empujaba hacía la provisional pista de baile, donde yo las esperaba, para unirlas al grupo. Hasta el punto de intentar, no con mucho éxito, enseñarme al ritmo de los tambores, los contoneos de un baile que podría resultar sensual, pero en mi caso, una disléxica corporal declarada, podría ser más un estadillo arrítmico de movimientos espasmódicos.


 Por si no fuera suficiente con aquel despliegue de movimientos internacionales y bajo el clamor de un público entregadísimo, no sé si por ebrio o por las ganas de cachondeo, Decidí deleitarles con mi ya clásico exitazo “Maria de la O”, con muy buena acogida por propios y extraños. En un delirio colectivo, arriesgaron al grito de “Otra, otra”. Pudiera ser, por falta de oído musical o por la falta de voluntarios para cantar. Menos mal que sólo teníamos que andar unos metros para llegar a nuestras casitasmoviles, que además estaban situadas cuesta abajo, con lo cual, muy mal se nos tenía que dar, para no llegar de una u otra forma.             

                  

                                             

Serían cerca de las dos y media cuando nos acostamos, no sin problemas que, en mi auto yo duermo en la cama de arriba y si ya me cuesta subir sobría, no os hacéis a la idea de lo que puede costar bolinguilla. Sobre todo a la hora de bajar, que como no aciertes a poner bien el pie, te puedes ahorrar la escalera, eso sí, con posibilidad de pérdida de crisma en cualquier saliente de este mi pequeño hogar.


Despertarse y ver el amanecer dentro de aquel espectacular cañón, fue otro de los regalos de este viaje y mira que han sido generosos. Los rojos y terracotas se iban desvaneciendo, dejando el paso a los anaranjados que dibujan cientos de formas en los escarpados. Algo que difícilmente olvidaré, como las risas y los momentos de felicidad compartidos con aquella diversa y maravillosa pandilla. Donde todos tenían cabida, bajo el nexo de unión de un guía y su adorable mujer, que habían decidido hacer de aquel viaje, uno de los más inolvidables de nuestras vidas.





   

FOTOGRAFÍAS REALIZADAS POR PACO MORENO VÁZQUEZ Y BORJA MORENO.


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7 oct 2019

ABIERTO AL ATARDECER




Las carreteras de Marruecos, aunque van mejorando, siguen siendo lentas, muy lentas y las distancias resultan largas, muy largas. Y por esa razón, David buscaba de vez en cuando, algún lugar donde poder bajar para estirar las piernas y disfrutar de algún té o café, para espabilarnos.


 Encontramos un bar de carretera, que disponía de una gran explanada vacía, donde poder acoplar nuestras autos. Al entrar no, nos resultó extraño que no tuviera clientes, tal y como estaba el parking, lo raro hubiera sido lo contrario.


El dueño, nos miró entre incrédulo y esperanzado, aunque una vez descubrimos que tan sólo disponía de té o café, no le agenciaba yo las ganancias y por ende la esperanza de una buena caja.



Cual manada de cotorras, comenzamos a pedir, la falta de sincronización. Hizo que aquella criaturita nos mirara sin entender nada. Su aspecto inocente, nos enterneció tanto que, David dejo de tomar nota cual metre y paso a la acción, como camarero titular. Pidió permiso para poder traspasar la barra y se metió tras la misma. Intentando organizar la máquina de café, que tenía de todo menos café, aunque el color negruzco pudiera dar  el pego.




Los cafés comenzaron a rular como la falsa moneda, que de mano en mano va y ninguno se la queda. No sé si con la esperanza de conseguir alguno en mejores condiciones. Había que ver, el lustre que tenía el cristal de los jodios vasos. Como para sacar huellas dactilares en una investigación criminal. Las tenía todas, hasta las del fabricante. 



Alguna mente brillante, pensó en lo bueno que estaría el café con hielo. Que pensé yo, para mis adentros. “Será lo único puro de este brebaje”. En ese momento el camarero nos confesó que no tenía nevera. Y Yo que siempre me pongo en lo mejor, pronostiqué unas cuatro bajas por gastroenteritis, que equivalía a aquellos valientes, cuya bebida consistía en café con “leche”.


Sole trajo un cuenco con hielo de su autocaravana, pero los vasos eran tan pequeños, que los cubitos no entraban o dejábamos derretir el hielo o cambiábamos los vasos. Dado que no tenía más tamaños y para que engañarnos, tampoco tenía más vasos, optamos por ponerlos encima y esperar que el deshielo los encestara dentro, con el consiguiente peligro de desbordamiento. A pesar de las perspectivas, ninguno cesó en su empeño por beber aquel viscoso y oscuro líquido.

Faltaban tres cafés y David descubrió que no quedaban más vasos “limpios” (por decir algo) metido por completo en su papel, se dirigió a la pila para fregarlos, momento en el cual el camarero confesó, que tampoco tenía agua corriente.
Resultado de imagen de vaso sucio

Hubo cruce de miradas, pero habíamos venido a vivir la aventura y el café iba a formar parte de la misma.

El camarero, cogió los tres vasos, dio un par de vueltas con disimulo y mientras pensaba que no le mirábamos (Infeliz, como si hubiera algo mejor que hacer) los sumergiendo en un barreño de agua oscura y espumosa. Supusimos, que era el equivalente a lo que entendemos por lavavajillas, muy ecológico y de bajo consumo, pero sin aclarado, alguna pega tenía que tener.


Hubo un momento en que dejo a David dentro de la barra organizando el chiringuito, mientras él desapareció, supusimos que habría ido al baño, que debían de estar como los chorros del oro, sin agua corriente para limpiarlo. Nos abstuvimos de cualquier tipo de inspección, con la limpieza de los vasos, ya nos dábamos por satisfechos.  


No tardó en aparecer con un bonito chaleco y el pelo bien relamió con la raya al lado, justo como nos peinaban las abuelas cuando éramos pequeños. Quería unas fotos del grupo para colgar en su negocio, imagino que como prueba de que había entrado algo más que el polvo que decoraba el bar, junto con una flor de tela desteñida en cada mesa.

Después de una sesión de fotos, que ríete tú del calendario Pirelli, nos pusimos en marcha con las consiguientes dudas ¿Cómo se tomaría nuestro intestino, semejante coctel de bacterias, no acto para colon irritable? ¿Cuánto tiempo aguantaba la leche sin nevera? ¿sería fresca o Uperizada? …


Todas aquellas preguntas, tendrían que quedar en el aire, hasta ver los efectos secundarios. Aquel divertido, peligroso y aventurero día, no había terminado, nos quedaba por descubrir nuestro lugar de pernocta y alguna que otra sorpresa que han hecho de este, un increíble y maravilloso viaje…


FOTOGRAFÍAS REALIZADAS POR PACO MORENO VÁZQUEZ Y BORJA MORENO.

2 oct 2019

AZROU



 UN MERCADILLO MUY VIVO, UN CONDUCTOR LOCO Y UNOS MONOS MUY SALAOS

 

Emprendimos la marcha en nuestra peculiar carava de casitas-moviles, dirección Azrou. David nos iba describiendo a través de los walkie talkie, los pueblos o ciudades que atravesábamos, si había controles y curiosidades sobre su cultura he historia. Era como ir en un autobús turístico con una enciclopedia andante.


Los taxis esperaban cuando llegamos. También es verdad que llegamos tarde, dimos un par de vueltas a una rotonda y cogimos la dirección, directamente contraria al parking. En dos palabras “Nos perdimos”. Estás cosas pasan en las mejores familias y en la mía es ya una tradición que forma parte de la esencia de nuestras desastrosas vidas.
                           
Nos dejaron en la puerta principal del mercado, pero no, en la que David deseaba. Iba de un taxista a otra dando instrucciones, que no entendían, se les hacía difícil entender, porque una panda de guiris locos, querían meterse en aquel lugar dedicado al ganado, donde además de mucho polvo, sólo podrías encontrar cabras, corderos, gallinas, mulas y muchos burros, algunos, incluso de dos patas.


                                                      
Paseamos entre aquel aparente caos, entre ojiplaticos y fascinados, tanto, como los autóctonos ante nuestra presencia y es que íbamos monísimas.

  
                                                 

Los puestos de segunda mano, fueron un descubrimiento. Esto sí que es reciclar y lo demás tonterías, no necesitan ni cubitos de colores. Aquí tienen un segundo uso, hasta los electrodomésticos más variopintos y antiguos.



Después de hacer algunas compras y pasear por aquel peculiar mercadillo. Alguien se vino arriba, creo que fue Angelines y al ver un pequeño carromato para trasportar animales y objetos, no se le ocurrió otra cosa que decirle a David

 – ¡Quiero una foto!


David, hombre complaciente donde los allá, le faltó tiempo para negociar con aquel conductor, que no salía de su asombro, al ver el interés que despertaba su pequeño y viejo vehículo.


De cómo terminamos metidas cinco de nosotras y toño en aquel cuadrilátero para cabras. No soy capaz de recordar, quizás por lo inverosímil de la explicación. Palabrita, que a esas horas de la mañana, ninguno había consumido una gota de alcohol. A no ser que las aceitunas que habíamos probado y comprado, tuvieran efectos secundarios. Ni siquiera llegamos a decir esa frase tan típica de ¡No hay huevos!


La cuestión es, que una vez acopladas para la dichosa foto, ya no había vuelta atrás. Encajados cual tetris, algunos en posturas imposibles, resultaba improbable, poder salir sin amputar algún miembro, para desencajar. Llegados a la conclusión de que nadie quería sacrificarse por el grupo. David no se complicó la vida y aprovecho la coyuntura, dando instrucciones precisas de donde nos tenía que dejar. Si no puedes con el enemigo únete a el. Que digo yo, si el recorrido era de apenas diez minutos, por mucho que nos deshidratáramos, no íbamos a perder el suficiente volumen, como para bajar de aquel puzle humano con ruedas. Pero a pesar de ser homo-spines, no estábamos en nuestro mejor momento.

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El señor estaba tan contento con la misión que, se lanzó a la carretera cual kamikaze, mirando más hacía atrás que hacía delante, entre risas y gritos de alegría.

¿Es qué no hay ni uno normal? El peligro lo ví venir, nada más arrancar y estar a puntito de llevarse cuatro cabras, cinco personas y tres carromatos por delante. De donde demonios saca está gente el carnet, es todo un misterio, que no conseguí descifrar en todo el viaje.

Resultado de imagen de STOP
Mi vida pasó por mis ojos en el momento en que el conductor se saltó un stop y se le caló el motocarro en medio del cruce, mientras los coches nos esquivaban como podían pintando y haciendo aspavientos. En esos momentos, no sabíamos si gritar o reír, total íbamos a morir. El resto del camino no fue mejor, pero nos lo tomamos con muy buen humor, de todas formas, no podíamos escapar.

Conseguimos llegar vivos y nos miramos los unos a los otros, como esperando una señal. El capullito de alelí, bajo del vehículo y en la parte de atrás, corrió un pequeño cerrojo y bajo la trampilla del corralillo ¿De verdad no podía haberlo abierto en el mercadillo? Bajamos entumecidos, pero sanos y salvos que dadas las circunstancias, era todo lo que se le podía pedir al destino.

En este viaje, las ganas de besar el suelo son más fuertes que las de besar a mi Lucero y empiezo a preocuparme.

Fuimos las únicas en venir de aquella manera, los demás vinieron en taxi. La versión oficial, es que no habían encontrado ninguno lo suficientemente limpio. Pero entre nosotros, creo que después de ver al pobre Toño encajado en cuclillas, debieron pensar que con seis inconscientes magullados en el grupo, era más que suficiente.


Nos dirigimos al bosque de cedros de Azrou, donde los monos viven salvajes y felices de pillar a pardillos como nosotros. Nada más llegar, a Sole le quitaron el paquete entero de cacahuetes, eso de que se los echara de uno en uno, no les debió de gustar.


La idea de comer a la fresca entre los verdes árboles, en mitad de la naturaleza, donde sólo el canto de los pájaros y la leve brisa que mece las ramas, era muy buena y así lo teníamos planeado. Lo que no teníamos planeado era la visita de los macacos, que decidieron unirse sin invitación y claro, así no había manera. Corríamos con los platos, como almas perseguidas por satán, mientras los monos se lo pasaban pipa, saltando entre los techos de las autocaravanas en busca de su botín. Cuando la cosa parecía calmarse y nos habíamos zampado a cien por hora la escueta comida. Hubiéramos disfrutado de más calma, en medio de la M30. David sacó la sandía de 6 o 7 kilos que habíamos comprado dos días antes y que estaba hasta la coronilla (no de cura, que gasta brillante melena) de tenerla en la despensa.


Los jodios se pusieron las botas con el néctar de aquella sandía, eso sí, abstenerse de echarle la parte de la cascara, te miran mal y se cabrean, que son monos, pero no gilipollas y sí, lo digo desde la experiencia.




FOTOGRAFÍAS REALIZADAS POR PACO MORENO VÁZQUEZ Y BORJA MORENO.

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