Después de
las desventuras del día anterior, para llegar al área de autocaravanas, nos
dejamos de exploraciones y nos fuimos derechitos al centro turístico para la
Vía Appia, situado a cien escasos metros del área, en el cual sacamos los
billetes para el autobús, que estaba justo enfrentito del mismo área y que nos
dejo en la mismísima Piazza Venecia, desde, donde a través de la Via del Fori
Imperial accedimos a toda la zona turística.
En vez de
ir directamente al Coliseum, donde las filas para sacar entradas son eternas,
nos fuimos al palatino. Donde sacamos las entradas para todo, Coliseum,
Palatino y Foro romano, sin colas, ni esperas, no todo iban a ser desventuras,
bastante pardillos habíamos sido el día anterior.
Intentar
contaros lo que sentí o lo que vi, sería más que temerario por mi parte, por no
decir, imposible, cada uno se imagina y ve las cosas desde su propia
perspectiva y este lugar merece ser visto por los ojos de uno y no a través de
las palabras de nadie a no ser que tengas la sensibilidad de Alberti, la
imaginación de Cervantes y la fuerza de Lorca. Obviamente no es mi caso.
Encontramos
un restaurante increíble en precio y calidad, sólo hay que salir un poco de las
zonas más turísticas, para encontrar este tipo de sitios y ver a los italianos
en su salsa, alegres, gritones y con una energía envidiable.
Al
atardecer nos dirigimos a la boca de la Veritad, llegamos justo al cierre, lo
bueno es que no había colas, después cruzamos unos de los puentes del Río Tiber
y visitamos la Isla Tiberina, donde nos deleitamos con un cremoso helado de
frutas.
La noche
nos envolvía, mientras paseábamos por el Tratevere, donde gente disfrutar de
terrazas y bares en buena compañía.
Nosotros agotados decidimos
volver a nuestra casitamovil. Con el dulzor de un día perfecto y la pena de
tener que despedirnos de una ciudad eterna que enamora a propios y extraños,
con la frescura de sus gentes y las mil y una historias de cada uno de sus
monumentos.
Sólo nos
quedaba una visita a la que no podíamos faltar. Así que nos levantamos con la
fresca para poder visitar algo de La Via Appia Antica y sus catacumbas, yo ya
las había visitado en anteriores ocasiones, pero mis hijos y Marta las veían
por primera vez, nos les dejo indiferentes, quizás por que no tenía nada que
ver con todo lo anterior y por que el buen grado de conservación, hace muy
fácil que te puedas trasladar a la época en la que los cristianos, convivían con
sus muertos en pos de no seguir sus pasos.
El frío en su interior no sólo
refresca nuestros cuerpos, en algunos momentos mientras escuchábamos las
historias entre interminables pasadizos, llenos de huecos en las paredes, en
otro momento lugar donde reposaran los cuerpos, también se nos helaba la sangre,
no se si por el roce de las almas sin consuelo o por la energía de cientos de
aquellos que tanto luchando por sobrevivir.
Nos
faltaban cosas por ver, lugares por visitar, pero la ola de calor que nos
acompañó todo el viaje, hizo que cambiáramos parte del itinerario en pos de no
morir en el intento. Retrocedimos nuestros pasos, para volver a Ladispolis. Al
fin y al cabo estábamos de vacaciones y nos merecíamos un descanso junto al mar
al frescor del anochecer, mientras arrullados por el sonido de las olas,
disfrutamos de un buen vino a la luz de las estrellas.
Siempre es triste abandonar Roma, aunque sea por persona interpuesta ;)
ResponderEliminarAlgunas de las fotos son realmente preciosas, ahora a preparar el próximo.