Creador: Benh LIEU SONG https://creativecommons.org/licenses/by-sa/3.0 |
Como Toulouse nos había gustado, seguimos nuestro periplo rumbo a Albi. Estábamos llegando a la ciudad, cuando vi un centro comercial y le dije a mi Lucero:
—Tesoro, quieres que echemos un
vistazo. Lo mismo tienen cafeteras a precios razonables.
No había terminado la frase, cuando él
ya estaba tomando la curva de la entrada. No voy a exagerar diciendo que
hicimos ruedas o que la autocaravana se tambaleo, porque entre lo que pesa la auto y lo tranquilo que conduce mi chico, sería un autentico milagro. Pero os aseguro, que en menos de un
minuto estábamos bajando de la auto rumbo al supermercado.
Encontró la zona de pequeños electrodomésticos a la primera, que yo me quedé pensando: «¿Seguro que es la primera vez que viene? Con la de vueltas que solemos dar, cuando entramos en un supermercado nuevo.»
Desde el principio del pasillo, pude observar como se le iluminaba la cara. «Ni cuando vienen los reyes magos». Pensé. Se abrazó a una cafetera que
estaba a muy buen precio (Francia ya no es lo que era o España ha subido más de
lo que nos están contando) y no la soltó hasta que pasamos por caja. Era como un niño con su juguete nuevo.
A pesar de ser muy pequeña, tuvimos la
suerte de encontrar donde pernoctar y el lugar no podía ser más agradable y tranquilo. Eso sí, seríamos el primer plato de los mosquitos, pero por lo
menos, estaríamos a la sombra y dormiríamos sin peligro de asfixia por el calor.
La visita comenzó en la
catedral, cuyo estilo es difícil de definir: entre ecléctico y complejo. Y no,
no lo digo yo, es lo que pone en todas las guías.
El edificio actual fue
construido en parte durante el siglo XIII. Pero el templo medieval se comenzó a
construir en el siglo V y reúne los estilos gótico meridional compacto y el
gótico nórdico vertical luminoso.
Compacta y luminosa, ya me explicareis cómo encaja eso. Yo por mi parte, la vi impresionante e impactante con todas aquella pinturas de colores azules y doradas decorando la bóveda, las paredes y los pilares.
Después pasamos por el museo de Toulouse Lotre, ubicado en el palacio de Berbie, a ver si se me pegaba algo, que últimamente, no me pinto ni los labios.
El museo tiene las obras
donadas por la familia y está situado en un edificio que, en sí, merece
una visita, es una pasada y tiene unas vistas al río que son espectaculares.
No sé cómo me las apaño, pero
raro es el pueblo que visitamos que no está en fiestas o celebrando algo y no, no
lo he buscado a propósito. Es algo que surge de forma innata, que para algo
estamos en verano.
En este caso, había distintos tipos de puestos con comidas de lo más variadas y de todas las culturas, al lado, un montón de mesas para disfrutarlas. El buen vino y
algo dulce de postre fuer la guinda a un día en el que no os lo voy a negar, disfrute casi tanto como mi lucero con su cafetera.
