Necesitaba un cambio y no se me ocurrió
otra cosa, que poner papel pintado en la pared del cabecero de mi cama. Quizás
me lo debí pensar dos veces, pero que le voy a hacer, si Odry, desastrosa y sin
remedio.
Todo empezó un día en que, a pesar del
sol, yo lo veía todo gris. No, no entendáis mal, la habitación era gris y yo
decidí pasarme al gris azulado. Según mi lucero, apenas hay diferencia, pero
eso para una pintora aficionada es un sacrilegio.
Cuanto más me lo imagina, más bonito lo
veía. Y me lance a comprar todo lo que necesitaba, incluso un terciopelo gris
oscuro para resaltar el tapizado del cabecero
Compré el papel en una plataforma china.
Tenían una gran oferta y buenas puntuaciones. Estos todavía tienen el rollo por
poner, que os lo digo yo.
Mi lucero se fue de viaje y dije: —¡Esta
es la mía! Así, no le tengo que aguantar protestando.
La intención era buena, pero mover la
cama yo sola, no fue la mejor de mis ideas y ya van unas cuantas. Hice lo que
pude y conseguí distanciarla de la pared, lo suficiente como para meter la
escalera. El viernes cuando llego mi Lucero, me explicó que las ruedas del
canapé tenían un seguro para evitar que se desplaza. Maldije mi suerte y el
seguro de las ruedas del canapé, pero ya estaba colocada (yo no, la cama)
Quitar el antiguo papel, resultó tan
sencillo que me vine arriba pensado. «¡Esto, esta chupao!». ¡Infeliz…!
Con la pared lista, echo los polvos del
pegamento para empapelar en un cubo con agua y comienzo a remover. Cinco
minutos más tarde, aquello más que pegamento, parecía hormigón. El palo de
remover, se había quedado clavado y ni para adelante ni para atras. Cojo la
caja y leo en las instrucciones; cincuenta gramos de polvo por ocho litros de
agua. Le dio la vuelta al paquete y ponía.
Este
paquete contiene 500 gr,
—¡Hay mi madre, ya la he liao! —Exclamó, mientras intento sacar
el palo, que más me hubiera valido meter una pala.
Obviamente, las proporciones, eran
completamente desproporcionadas y tengo que coger otro cubo urgentemente para
añadir más agua.
El palo se parte, yo, mecagüen en too lo que se menea. Cojo una espátula. Consigo
meterla, dándole bien con el martillo, que esto parece que seca rápido. Hago
palanca y saco algo de argamasa y la disuelvo en agua, mucha agua.
Unto
la primera tira. Me vengo arriba y convierto la pared en una pista de patinaje
para el papel. He visto vaselinas menos eficientes que el condenado pegamento.
El papel se desliza, cada vez que lo
coloco y tengo que volver a subirlo una y otra vez, hasta que se queda. Bajo de
la escalera a por la siguiente tira. A estas alturas, el pegamento ya es prescindible
porque rebosa por todas partes: la pared, el suelo y hasta mi persona. Tenemos mejunje
para empapelar el museo de prado y sus aledaños.
La segunda tira no fue mejor y eso, que
iba sin pegamento. Con la tercera parece que le he cogido el tranquillo y
cuando terminó. Suspiro hondo, porque ha quedado mejor de lo que pensaba.
Toda hacendosa, me dispongo a limpiar
los restos de pegamento que han quedado en el papel antes de que se seque y no
haya manera.
—¡Mecagüen…! —Maldigo a los chinos, al trapito húmedo, al
pegamento y al papel pintado azul noche que según pasó la bayeta deja un restregón
azul cielo. —¡Toma buena calidad!
Le doy con el rotulador azul oscuro de
la niña. Con la esperanza de disimular los ronchones, pero va de mal a peor y
lo dejo.
Con sumo cuidado, comienzo a retirar la
tira de papel pintarrajeado. Rasco con la uña el filo superior y parece que se
desprende bien, pero no solo el papel, con el iban el millón de capas de
pintura que se han dado a lo largo de los últimos treinta años. La pared queda
a rodales como la piel de la jirafa y lo hubiera dejado así, de no ser porque
cada capa era de un color diferente.
Comienzo a hiperventilar y como no me
queda chino al que mal decidir, cojo la espátula y comienzo a sanear hasta
llegar al yeso. Cuando terminó me pongo a limpiar los suelos, la pintura, el
polvo, los restos de papel y el maldito pegamento.
—¡Lavable! ¡Que el papel era lavable!
—Me lamento mientras vuelvo a leer las instrucciones para ver en que he podido
fallar. —¡Pues será en seco!
Colocó la única tira de papel que había
retirado, con algo de pegamento, a ver si hay suerte y lo consigo ajustar. Veo
que le faltan unos milímetros y lo intento estirar.
—¡Por Dios, que era del mismo royo! no
puede haber encogido. —Me caen los sudores de la muerte y empiezo a estirar
del lado y su contrario, hasta que, no me preguntéis como, quedo un filo hilo
entre medias que pinte con el rotulador. —Ya de perdidos al río. —Vuelvo a
hablar sola, que es lo menos que me puede pasar con esta odisea.

El pegamento se reproducía y el papel se
encogía. Yo a este efecto no le encuentro explicación, ya podían sincronizarse
y no joderme más el día. Si Murfhy levantara la cabeza, se olvidaría de la
tostada y me pondría como ejemplo de su Ley.
Cinco horas más tarde, me quería tirar
por la ventana, pero como es un primero, lo descarto. Con la suerte que tengo,
lo mismo me doy mal golpe y me quedo atontada. Justito lo que me faltaba.
Pienso en arrancarlo todo y pintar, pero
son las nueve de la noche y llevo desde las ocho de la mañana. A ver, quién es
la valiente que lava el pegamento de la pared, le da aguaplast a los socavones,
lo lija, lo pinta y vuelve a limpiar. Opte por hacer pucheros, no arregla el
problema, pero desahogas y te quedas tan ancha.
Dentro de lo malo,
entre el cabecero, la cama, los cuadros, las lamparitas y los libros, hemos
tapado casi todos los restregones.
Y, aunque mi Lucero me amenace con el
divorcio, estoy deseando volver a cambiar…